Easy Mode.
Easy Mode
Llegó la policía. Él estaba paralizado, miraba en dirección al microondas de la tienda y notaba las pequeñas contracciones de sus dedos. Una señora en la parte de atrás gritaba y señalaba la caja del mostrador mientras se balanceaba y caía sobre un estante.
Era de noche y había un fresco en el aire; se podía escuchar el viento entre el silencio y los chillidos.
—¿Qué traes ahí?
Dos oficiales le apuntaban con sus armas.
Podía voltear, pero no lo hizo. Su cuerpo se enfrió de golpe, pero sus pies estaban firmes sobre el suelo. Solo negó con la cabeza, no quería decir nada.
Tenía un collar en la mano derecha, un arma en la izquierda y ambos brazos abajo.
Lo recordó todo en ese instante.
El asaltante, que a sus ojos parecía un muchacho de no más de quince años, llevaba una gorra de los Lakers y unos tenis viejos y sucios; usaba lentes, y a él le pareció interesante ese detalle.
Se percató de él al escuchar el primer alarido de la señora. Al muchacho le temblaba todo el cuerpo.
El hombre escuchó el silencio detrás de los gritos de la señora y el de los artículos varios golpeando contra el suelo. Sintió un par de lágrimas atoradas a la orilla de sus párpados y clavó su mirada en el microondas.
El muchacho le apuntaba con el arma al empleado, estaba sudando y hablaba tan rápido y tan fuerte que no se distinguían sus palabras entre los gritos. El empleado decía que no, que por favor, y la señora... la maldita señora.
El hombre tenía un paquete de cervezas en la mano y una pizza instantánea en el microondas. Cerró los ojos; detrás de sus párpados encontró un odio crudo que se expandía por todo su cuerpo. Buscó ese odio un instante después, pero solo encontró indiferencia.
Entonces se abalanzó contra el muchacho y cayó sobre él; el pobre gritaba y se tambaleaba para zafarse.
Él estaba preocupado por el arma. Le sostenía la mano fuerte, pero eso no evitó el tiro al aire que se escuchó un segundo después.
Se heló el lugar.
Sus manos apretaron con más fuerza y luego tres cabezazos en la nariz del otro; este soltó el arma. El hombre soltó al muchacho, quien salió corriendo con el empleado del mostrador detrás de él.
Primero recogió el arma.
—¿Flaco, qué hiciste?
El oficial de policía estaba gordo, le apuntaba con las dos manos y tenía un rostro de esos que son difíciles de descifrar.
Él volteó al fin, pero no dijo nada; solo miraba a los dos oficiales. Soltó el arma, pero se mantuvo en silencio.
—La otra, cabrón.
El oficial ya estaba cerca y le dio un buen golpe en las costillas; este se dobló del dolor y soltó un gruñido, pero no soltó el collar.
—Le estás jugando al chingón.
Y ahora una cachetada.
No era una joyería fina, solo un collar de gato bañado en plata, barato.
“¿Me lo habrá aventado? ¿Se lo quité? Mierda”. Su mano lo sostenía firme.
—Es un collar, oficial, es mío.
—¿No escuchas verdad, cabrón?
Y le dio una patada en la pantorrilla que lo tambaleó, y otra después que lo dejó en el suelo. La señora había dejado de gritar y ya solo temblaba mientras miraba la escena pasar.
—Señora, ¿fue este?
La señora negó con la cabeza y se volvió a poner a llorar, pero esta vez se cuidó de ser menos ruidosa.
—A ver qué chingados traes en la mano.
—Un collar, oficial, ya le dije.
Abrió la mano para mostrárselo mientras se volvía a levantar.
—¿Seguro que es tuyo? ¿De dónde eres, flaco?
—Sí, es mío. Vivo acá abajo, oficial, por Miguel Ángel de Quevedo.
—Vienes bien tomado, ¿verdad? Hasta acá me llega el tufo. ¿Qué te metiste?
—Cervezas, oficial. Vine por otras y vea cómo acabamos.
—Ah chinga, ¿ya acabamos? ¿Y cómo acabamos?
—Así.
—Ve cómo te sientes bien verga, flaco. Al chile cuida la boquita nomás.
—¿Y el cabrón que se fue?
—Cuál cabrón, puto verguero. Tú ya estás aquí.
Y le puso un cachetadón en las mejillas.
Su compañero estaba haciendo una inspección del lugar; buscaba al encargado, miraba por bastante tiempo las cámaras y daba vueltas como analizando. Miraba molesto a su compañero y a la señora.
—¿Qué pasó, cabrón? —le dijo el compañero policía. Miraba al hombre en el suelo y soltó un suspiro—. No hay nadie encargado.
La alarma del microondas sonó. “Cuatro minutos”, pensó. “Maldito horno viejo”. Seguía sin querer hablar, pero habló:
—Hoy le hizo la noche a dos personas, oficial.
Y entonces sintió un cachazo en la cabeza. Todo se puso rojo. Los sabores del mundo cambiaron y solo escuchaba un fino chirrido que le llenaba los oídos. Luego cayó inconsciente.
El collar cayó al piso.
—Puta madre, ¿otra vez, cabrón? —dijo el compañero.
—Que se vaya a la verga. Señora, ya se puede retirar.
La señora dejó de llorar cuando escuchó el golpe contra el rostro del hombre; se le notaba intentando calmar los temblores del cuerpo.
—¿No requiere que haga nada, oficial?
—No, señora. Buenas noches.
—El joven, oficial…
Pero decidió callar.
El oficial ya estaba levantando al hombre por los hombros y veía a su compañero con ojos cómplices; este lo veía de vuelta, molesto. El otro lo tomó por las piernas y lo subieron a la parte de atrás de la patrulla.
Despertó un par de veces en el camino; olía a mierda allí adentro y los asientos de plástico empezaban a lastimar sus costillas. Un oficial manejaba y se quejaba del tráfico; no paraba de decir que por culpa del otro llegaría tarde a casa y se perdería el partido. El otro solo veía su teléfono.
—Pinche chamaco, ¿lo viste? No nos vamos a tardar, nomás un sustito —le decía a su compañero, que seguía molesto.
No pasó mucho tiempo. El aire seguía fresco, las jacarandas adornaban las calles de un intenso color morado y el cielo se mostraba claro sobre ellos.
—Aquí. Párate.
Despertó con los frenos del auto y vio a los oficiales bajar de la patrulla y dirigirse hacia su puerta. Sentía total control de su cuerpo, pero no intentó moverse y prefirió dejar que lo cargaran.
Era un estacionamiento. Del otro lado había un cuarto de servicio y una camioneta de policía estacionada al frente; ahí lo fueron a aventar. Cayó sobre varios botes de pintura que estaban apilados por ahí y, cuando el líquido se desparramó, despidió un horrible olor a podrido.
—¿A qué chingados huele?
Se preguntó qué tan lejos podía llegar. Pero entonces recordó el collar y se quedó allí, debajo del foco que colgaba afuera del cuarto de servicio.
Los miraba. Uno de los oficiales dijo algo, pero él ya no escuchaba. Solo cuando volvió a sentir la dura silueta de la macana sobre su brazo derecho pudo regresar en sí. Luego más golpes. Pensaba en el microondas. Se cubría la cara y los genitales con todas sus fuerzas, pero no lograba evitar varios de los impactos. Los segundos parecían eternos. Dolía.
Se cansaron. Uno se sostenía sobre sus rodillas mientras tomaba un respiro. El otro mantenía su cara de irritación, pero tomaba un pedazo de madera que había visto tirado por allí. El hombre vio mierda de perro en el piso y bolsas de plástico atiborradas de basura; todo parecía que llevaba mucho tiempo ahí.
Entonces corrió por detrás de la camioneta, hacia la salida. Habían dejado la puerta del estacionamiento abierta. Los dos iban detrás de él. Él quería el collar. Corrió hacia la patrulla, lo vio en el asiento del gordo que iba en el teléfono, lo tomó y huyó.
Sintió un cachazo en la espalda casi al instante, pero siguió corriendo. El dolor se iba cuanto más corría y, cuanto más corría, más cachazos le daban, pero él no se detuvo.
El oficial se quedó atrás. Era de noche y todas las calles se veían iguales. El fresco permanecía, los pájaros aún cantaban, pero para él eso no existía ahora. Pensó en el collar y en el horno viejo de microondas, y se volvió a enojar.
Luego llegaron las sirenas. Corrió aún más, pero ya lo habían visto; entonces un frío que quemaba en la espalda se le impregnó de repente. La patrulla rozó su pantalón cuando quisieron cerrarle el paso en la intersección. Él siguió corriendo.
Un instante después estaba en Barranca del Muerto. El metro estaba cerrado y la poca gente que había por ahí eran comerciantes o transeúntes extraños de la noche, como él mismo.
La luna brillaba con un blanco intenso; eso le molestó de nuevo. Pero ahora tenía hambre. El collar estaba en su palma y comenzaba a sentir los dolores del cuerpo. Sonrió, tiró el collar al suelo y se preguntó si debería cenar.

